Florentino Pérez oficia de sumo sacerdote en la liturgia de la llegada de los futbolistas del Madrid al estadio. El autobús aparca en la rampa del párking del Bernabéu y los muchachos van bajando del vehículo para encontrarse con el presidente embutido en su traje de fajina, listo para animarlos con palabras de complicidad, abrazarlos, o tocarlos furtivamente como bendiciéndoles antes de la batalla. Así uno a uno hasta completar una ceremonia que ayer, hora y media antes del partido contra el PSG, se interrumpió con un chirrido.
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