Cualquier película que se precie, por previsible que parezca, necesita una cierta alteración para resultar interesante. Desde el principio se vio quién era el bueno, o sea el Baskonia, que enchufaba los triples como los sheriffs buenos disparaban a los malos, sin mirar, desde cualquier esquina de la calle, con ambas manos. Especialmente habilidoso andaba Causeur, ayudado por Adams, ambos con la muñeca más ligera que Clint Eastwood cuando hacia de vaquero sin perdón.
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