lundi 16 novembre 2015

Albert Rivera, la anestesia y un partido de fútbol que no se juega

En la cabeza de Albert Rivera, en su discurso veloz de vendedor de Media Markt, en su lengua, qué pico, que a tanta velocidad transmite los impulsos nerviosos que le llegan del cerebro, quieren convivir sin pelearse dos mundos contradictorios, el de la razón y el de la emoción, igual que en su visión del mundo, en su deseo político, un contenedor en el que todo cabe siempre que sea racional, cohabitan la defensa de lo público y la exaltación del mercado. Jorge Valdano, dedo en la sien, pose de filósofo que ha publicado en la Revista de Occidente de Ortega y ha jugado en el Madrid y le ha dado pases a Maradona, le observa entre fascinado y socarrón. Fascinado por la habilidad, por lo listo que es el compañero de noche y Larguero, por la velocidad mental con que se acopla a preguntas y discursos, y su energía inagotable; socarrón por esa misma habilidad de interior derecho que le gusta meterse por la izquierda para tocar más balón, comparación feliz que Valdano toma prestada de otro gran irónico, Vicente del Bosque. Todo ello se condensa, para Valdano, más interrogador curioso que conversador en la noche que ya empieza a ser fría y es triste porque todo el mundo se acuerda de París, y del miedo, en un adjetivo y en su sustantivo: Rivera es fresco, su discurso es fresco, Rivera rebosa frescura. Y resume el resumen Valdano, cuya mirada, si no fuera porque es argentino y escribirlo es un tópico, sería la de un psicólogo que analiza clínicamente a un paciente logorreico: Rivera, el líder de Ciudadanos, un joven de americana y camisa clara sin corbata, sin desaliño sino con pulcritud y buen tipo, y posible morador en La Moncloa dentro de un par de meses, es muy fresco.

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