Hubo un momento, al cuarto de hora, en el que el meta visitante Guaita se sentó en el área, aturdido por un golpe que había recibido unos minutos antes en la frente al chocar con su compañero Alexis. Pidió un receso para recuperarse. No hay dudas sobre que estaba dañado, pero el parón tuvo el mismo efecto sobre su equipo que buscan los entrenadores de baloncesto cuando tratan de detener la avalancha del rival. El Celta estaba desatado, llegaba en oleadas como si la portería que buscaba estuviese unos kilómetros más abajo, en la playa de Samil. La tempestad amenazó con zozobrar al Getafe, que navegaba en una precaria chalupa, distanciado entre líneas, como aletargado, con el mismo defecto sobre el que había advertido su técnico Fran Escribá en la víspera: en las tres salidas que llevaba en el campeonato siempre había encajado gol antes del minuto siete.
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