Primero fue un triple muy mal lanzado por Spanoulis (noticia), después fue un pelotazo larguísimo de James que dio en el aro y se fue a la red, pero le sobró un instante, una minidécima de segundo para ser legal. Y el árbitro lo advirtió en la pantalla del ordenador. Tenía razón: antes de que la pelota saliera de la mano de James, el cronómetro marcaba, 00,00. O sea, la bocina fue anterior al lanzamiento. Fueron dos instantes que llevaron el partido a la prórroga, un partido tremendo, de una intensidad física descomunal que acabó llevándoselo el Laboral Kutxa porque había apostado más, porque fue mejor equipo y porque mantuvo una dosis de regularidad a la altura del acontecimiento. Y porque el griego, el luminoso griego, no fue esta vez Spanoulis, con sus fintas, su sabiduría, su templanza y sus cada vez menores reservas físicas, sino Bourousis, el armario, el grandullón, con su poblada barba y sus brazos largos y sus piernas largas, disfrutando como un niño jugando al baloncesto en un recreo. Lo suyo es la pelea, el braceo, el contacto, la pantalla, y así empezó, a lo suyo, taponando cuanto llegaba por sus dos costados, pero se animó, y se animó, y asumió responsabilidades cuando sus compañeros le dejaron jugársela al triple como último recurso. Y Bourousis no falló. Lo suyo no es prodigarse en el hábil ejercicio de anotar desde lejos, pero lo suyo no es rehuir la responsabilidad cuando alguien lo tiene que hacer. Lo hizo en los momentos clave, dos consecutivos cuando agonizaba el segundo cuarto, Le dejaron solo al grandullón y el grandullón les devolvió el ninguneo con dos triples magníficos.
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