Ricardo Oliveira siempre supo sortear las dificultades. Como cuando superó una infancia llena de pobreza y miseria para hacerse futbolista. También después de que su rodilla crujiese un 1 de noviembre de 2005 en un Betis-Chelsea de la Liga de Campeones, lo que le impidió ser el nueve de Brasil en el Mundial de Alemania. Una noche, se sentó ante Manuel Ruiz de Lopera, entonces intocable al mando del Betis, y le dijo que no jugaba ante el Mónaco la previa de Champions si el club andaluz no le pagaba todo lo que le adeudaba. Y Lopera pagó. Hay que tener mucha fuerza y una enorme constancia para, con 35 años, y después de jugar en el fútbol árabe, habitual retiro de los futbolistas, regresar a Brasil y ser el máximo goleador del Brasileirao en las filas del Santos. Oliveira, con 17 goles en 27 encuentros, compone una autentica sinfonía contra la lógica del tiempo.
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