Para las secretarías técnicas de los grandes clubes del continente, fichar jugadores tiene escaso misterio. Simplemente es cuestión de acordar el precio del traspaso con otras entidades menores y atraer a principales futbolistas ya consagrados ofreciéndoles contratos suculentos y la posibilidad de ganar títulos. En el verano del 2010, el Valencia, endeudado al máximo, ya había vendido a Villa al Barça y a Silva al Manchester City. La economía de guerra se había instalado en Mestalla mientras su presidente por aquel entonces, Manuel Llorente, iba apagando las luces de Paterna y de las oficinas del club de la capital del Turia, para ahorrar unos pocos euros en la factura eléctrica.
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