Como el mejor de los pretorianos, con fuertes dolores en la espalda y al límite de depósito, Andy Murray redondeó este fin de semana una actuación de las que dejan huella. Por eso, las palmas del público del Emirates Arena de Glasgow, más allá del reconocimiento al colectivo y el éxito nacional, eran un tributo camuflado para el hombre de Dunblane. Murray, 28 años, la gran esperanza british del tenis desde hace una década, guió a Gran Bretaña a la final de la Copa Davis 37 años después. Pese a ser el tercer equipo con más Ensaladeras (nueve), el Reino Unido no lucha por un cetro desde 1978, y desde 1936 no celebra uno. Ahora, impulsada por su líder e icono, Murray, tendrá la oportunidad. Será a finales de noviembre (del 27 al 29), frente a Bélgica.
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