Pese a sus estatus, Roger Federer adopta un perfil bajo en las distancias cortas. El suizo, la leyenda, es un hombre accesible que difícilmente niega una foto o un saludo –salvo protocolo– a quien se lo pida. Pese a que solo le separan dos partidos de su 18º título del Grand Slam, el que sería su octavo cetro en Wimbledon, el suizo se mueve entre bambalinas como si fuera uno más. Es un tipo discreto. En ese sentido, comparte un patrón de comportamiento similar al del escocés Andy Murray, un poco más huidizo, pero al fin y al cabo otra figura que sabe gestionar muy bien el ruido del entorno.
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