Cuando Novak Djokovic logró el punto que significó el triunfo sobre Roger Federer (7-6, 6-7, 6-4 y 6-3 en dos horas y 56 minutos) y su tercera corona en Wimbledon, el noveno Grand Slam de su carrera, expulsó un alarido para decir algo así como aquí estoy yo, el líder indiscutible de la manada. Dio un giro completo en dirección a la grada, con los brazos extendidos y los puños apretados, para decirles a todos esos que le habían vuelto la espalda y habían apoyado a su adversario durante toda la tarde que él es el que rige ahora, por más que algunos quieran rebobinar hacia el pasado.
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