La historia, la hermosísima historia que ha escrito Garbiñe Muguruza este año en Wimbledon, terminó con un fotograma a simple vista contradictorio. Hubo llanto, sí, pero también una enorme sonrisa, porque detrás de la derrota (doble 6-4 en una hora y 24 minutos de partido) de la hispanovenezolana, de 21 años, se había producido el alumbramiento de una tenista llamada a hacer grandes cosas en el tenis. La Catedral, las 15.000 personas que abarrotaban la fastuosa pista central en la que se han forjado tantas leyendas de la raqueta, se puso en pie ante ella y aplaudió a rabiar. Serena Williams, coronada ya seis veces en el All England Tennis Club, se sumó al homenaje con palmas y un abrazo traducido en el mejor de los reconocimientos.
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