Solo muchos años después fue Ron Clarke consciente de que la final terrible de los 10.000 metros en los Juegos de México de 1968, su desfallecimiento, su desmayo, no solo hizo daño al corazón de los millones de aficionados que siguieron su carrera y su valentía, y que admiraron el valor de un deportista capaz de llegar más allá de sus límites, sino también a su propio corazón. La lesión cardiaca que sufrió Clarke por el sobreesfuerzo en la altitud asfixiante del Estadio Olímpico mexicano le obligó a operare y se convirtió en una enfermedad crónica que le obligó a medicarse todos los días de su vida, hasta su muerte, el miércoles, a los 78 años, en Gold Coast (Australia), ciudad de la que fue alcalde entre 2012 y 2014.
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