lundi 11 janvier 2016

Gracias, Leo, maqui

Conocí a Leo cuando llegó al vestuario del primer equipo, con 16 años, pero sabía de él desde antes. Sergi Alegre, un gran amigo que trabajó muchos años en el fútbol base del Barcelona me avisó un día comiendo: “Xavi, sube gente buenísima”, me dijo hablando de la generación de Piqué, Cesc y compañía. “Pero hay un argentino que no te imaginas lo que es. Espectacular. Ya verás”, me dijo. Así que, de oídas, sabía quién era cuando le vi aparecer en el vestuario. Ya se le veía diferente, claro, porque hay cosas que se notan en el primer rondo. Y Leo, además, tenía algo que es lo más difícil: entendía el juego, tenía pase y driblaba a quien le pusieras por delante; al mejor defensa que tuviéramos en el equipo aquellos días, lo sentaba. Al poco de llegar, en su primer año, nos tocó compartir un viaje y descubrí un chaval educado, respetuoso, humilde, nada agrandado. Y en eso, es ejemplar, porque siendo lo que ahora es, siendo el más grande, no ha perdido esos valores, ni un punto de humildad y respeto a los compañeros. Creo que Leo nunca ha querido ser diferente de los demás.

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