Esta vez no marcó, lo que sí había hecho en las Copas de 2009 y 2011, las dos únicas que había jugado hasta llegar a Berlín. No logró convertirse en el segundo futbolista de la historia en anotar en tres o más finales, por ahora una gesta solo a la altura de Di Stéfano. En el Olímpico no hubo un Messi goleador, pero sí un Messi capital, catalizador de los dos goles clave que entronizaron al Barça por quinta vez, cuatro tronos en la última década, la década de La Pulga, la década de Xavi. El ayer de Xavi y el hoy de Messi, uno y otro se fueron de Berlín de forma diferente, con distintos trofeos: una Copa y una pelota. Antes del regalo más preciado al capitán, el argentino enfiló a los suyos, esta vez sin requerir de sus goles, sí de su capacidad camaleónica.
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